Presenta el espectáculo "El horno no está para cromornos"
La música en forma de juego. Este parece ser el lema del ahora sexteto
instrumental Música Ficta. El mismo con el que desde 1975 vienen ofreciendo
alegría a chicos y grandes en nuestro país y por el mundo, y con el que desde
hoy, a las 17,se presentará en la sala Astor Piazzolla del Centro Cultural
Borges, de Viamonte esquina San Martín.
Rubén Soifer (flautas dulces y traversas medievales y
renacentistas, cromorno, chirimía, coros, percusión y dirección musical), Carlos
Diener (viela, viola da gamba, Rebec, coros y percusión), Pablo Ravachini (canto
y percusión), Moira Santa Ana (canto y percusión) y Laura Wright (flautas dulces
medievales y renacentistas), vuelven ahora con el lúdico título "El horno no
está para cromornos". Si hace falta explicarlo diremos que el cromorno es un
antiguo instrumento de viento, de madera, curvado en semicírculo en la parte
inferior del tubo; usado en el siglo XIII y que cobró fama en el siglo
siguiente.
Tanto Soifer -uno de los
fundadores del ensamble- como los restantes miembros del sexteto recuerdan
anécdotas de su paso por los más variados escenarios argentinos,
latinoamericanos y europeos.
-Al comienzo, relata Soifer, éramos muchos, 15, 20 músicos, siempre
consagrados a la música medieval y renacentista. Con el tiempo fuimos
incorporando instrumentos y buscamos la mejor forma de presentarnos. Como
tocábamos instrumentos de época, en el 79 decidimos vestirnos con trajes de
aquellos tiempos. Y fue a partir del 80, en nuestra primera gira europea que
adoptamos los trajes para presentarnos en concierto.
-¿Cómo fue ese
viaje?
-Como una aventura. Lo hicimos todo a pulmón. Viajamos en
barco durante 17 días. Teníamos para el pasaje de ida y algún dinero para
sobrevivir dos meses en Europa. Allá golpeamos puertas, mientras tocábamos en la
vía pública, en las esquinas, y se nos abrieron para un montón de conciertos en
iglesias y centros culturales. Esa gira la terminamos en México. Allí habían
organizado, sin nosotros saberlo, conciertos para chicos. Fue así que, con el
mismo repertorio, nos vimos obligados a incorporar nuevos diálogos, a inventar
situaciones para hacerlos participar a los chicos. Y nos dimos cuenta de que
podíamos incorporarlos como oyentes habituales en nuestras presentaciones.
- Empezaron a ser "conciertos didácticos" sui generis, no?
-Claro. Así los empezamos a ofrecer, ya en los años 90, en el Teatro
San Martín, el Auditorio de Belgrano, Barrancas de Belgrano y parque Centenario.
Buscábamos hacer buena música, pero entretenida, divertida, mediante
introducción apropiada, comentarios, diálogos entre nosotros y participación del
público.
-¿Cómo se las arreglan para asumir este repertorio?
-Tras nuestras investigaciones musicales en las colecciones y en los
manuscritos -comenta Soifer-, vamos probando
como suena. Cambiamos a veces la instrumentación, luego voy elaborando y
definiendo con el grupo cada estilo en nuestro repertorio, tomado generalmente
del 1100 al 1600, como pueden ser los Manuscritos Burrois, del Rey de Francia,
en el siglo XIII, las Canciones de Palacio (de los Reyes Católicos), las
Cantigas de Santa María.
- Siempre el repertorio abarca a grandes y
chicos...
-Sí. Con los chicos hablamos un lenguaje para que lo
entiendan y no se aburran. Y para los grandes asumimos una temática de más
picardía, sobre todo cuando hay referencias al amor y al vino. No queremos ser
músicos estáticos ni que el público se quede quieto. Tampoco armamos una farsa.
Es música en serio, pero como juego. Tanto es así que muchas veces los chicos
suben, al final, al escenario. Diríamos que es una propuesta "para toda la
familia". En todas partes hicimos lo mismo. Puede ser, como los más recientes en
Rafaela, Santa Fe y Rosario, como en el Coliseo, o como cuando fuimos con el
Mozarteum a Jujuy, o en Guatemala y Venezuela.
René Vargas Vera